“Archivo emocional argentino” debuta con una reflexión profunda sobre una herida que atraviesa la historia política del país: la dificultad de convivir con quien piensa distinto. A partir del fusilamiento de Manuel Dorrego, la profesora de Historia Tamara invita a pensar cómo la Argentina convirtió muchas veces al adversario en enemigo y qué lugar ocupa hoy el diálogo en la construcción de una patria común.
Me llamo Tamara Passarello y soy profesora de historia. Desde muy chica supe que la historia tenía algo especial para mí. Desde entonces nunca imaginé dedicarme a otra cosa. La historia es desafiante, incómoda a veces, pero también profundamente hermosa. Porque entender el pasado muchas veces es otra forma de entendernos a nosotros mismos. “Archivo emocional argentino” nace desde ese lugar: la curiosidad, las preguntas y la necesidad de entender por qué un país recuerda, discute, ama y se rompe de la forma en que lo hace. Ojalá disfruten leer esta columna tanto como yo disfruté escribirla.
Argentina tiene una extraña costumbre: convertir al adversario político en un enemigo que
debe desaparecer.
Me es imposible pensar esta idea sin volver a una de las imágenes más crueles de nuestra
historia política: el fusilamiento de Manuel Dorrego.
A Dorrego lo fusilaron en 1828 y, décadas después, el país siguió discutiendo si merecía
morir. Tal vez ahí habite una de las tragedias más profundas de la Argentina: no discutir
solamente ideas, sino discutir la legitimidad misma de la existencia del otro.
Dorrego había sido gobernador de Buenos Aires en un país atravesado por guerras internas,
disputas de poder y una profunda incapacidad para construir acuerdos duraderos. La
Argentina todavía estaba intentando entender qué era, quién debía conducirla y bajo qué
proyecto organizarse. Y como suele suceder en tiempos de crisis, alguien debía cargar con la
culpa del desorden.
Dorrego cargó con ella.
Juan Lavalle, su fusilador, ni siquiera intentó esconder el carácter personal de la decisión.
“Esto es personal”, escribió antes de ordenar su ejecución. Y quizás ahí aparezca una lógica
que atraviesa buena parte de nuestra historia: el problema argentino nunca fue solamente
pensar distinto —unitarios y federales lo hacían— sino soportar que el otro siguiera
existiendo.
Dialogando con Hernán Brienza en su libro “El loco Dorrego”, me es imposible no citar una
frase que atraviesa este tema con una claridad brutal:
“Dorrego vive en cada nuevo fusilado. Como si se tratara de una repetición sintomática de la
que nunca pueden salir las mayorías. Son los ‘padrecitos de los pobres’, los trabajadores, las
mujeres, los que ponen el cuerpo y la vida en esa lucha desigual que lleva Argentina casi dos
siglos.”
La historia argentina parece avanzar muchas veces como una repetición constante de
enemigos irreconciliables. Cambian los nombres, los partidos políticos, las consignas y las
épocas. Pero permanece intacta una pulsión peligrosa: la necesidad de eliminar simbólica,
política o socialmente al otro.
Hay una escena particularmente brutal. Lamadrid le pide a Lavalle que escuche a Dorrego
antes de fusilarlo. Lavalle se niega. No lo recibe. No hay conversación posible. No hay
escucha. No hay siquiera un último intento de acuerdo.
Primero desaparece el diálogo. Después desaparece la persona.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo se construye una patria común cuando
una parte necesita que la otra deje de existir?
Porque sin diálogo no hay encuentro.
Sin encuentro no hay pacto.
Y sin pacto, quizás, no exista patria posible.
Solo un territorio donde los Dorrego se multiplican.
