En la antesala al 3 de junio, y a 11 años del primer #NiUnaMenos, debemos lamentar un nuevo femicidio. Pero, ¿qué pasa cuando las víctimas no son lo que ellos quieren?
El sábado 23 de mayo, mientras algunas personas cenaban, otros salían, algunos se recluían del frío en sus casas, una nena desaparecía en Córdoba. Tenía 14 años, y aunque me encantaría decir que escribir en pasado es un error de redacción, debo anticipar que lamentablemente esta nota relatará uno de los casos más crueles que escuchamos en este último tiempo. Y no voy a mentir: nada de lo que se escriba aquí estará pensado para que los lectores se sientan cómodos.
Ese fin de semana, Agostina Vega confió en la palabra de un hombre adulto. No era un monstruo que se esconde debajo de la cama para asustar: Claudio Gabriel Barrelier es un tipo como cualquier otro. Que tiene parejas ocasionales, que manda audios a sus amigos, que maneja y lleva «una vida normal».
Agostina se fue de su casa creyendo que iba a hacerle una sorpresa a su mamá. «Se escapó», sí, porque pensó que el desenlace de esta historia probablemente sería otro. Incluso avisó a sus amigas que lo haría, desde la inocencia de alguien de su edad.
Pero parece que una nena de 14 años, a la que algunos ya intentaron tachar de «adolescente-casi mujer- adulta» no era una «buena víctima». Quizás si no hubiera tenido redes sociales, o si no hubiera mandado mensajes a sus amigas. Quizás incluso si su madre no hubiera estado en pareja con el que posteriormente sería su asesino. Quizás, sólo quizás, de esa manera podría haber sido «una buena víctima». Ah, claro, porque no sé si sabían, pero el problema no sólo es una niña, sino también su madre. Siempre ellas, nunca el verdadero culpable.
Es que no fue suficiente con haber desaparecido. Tampoco con que a su madre no le tomen la denuncia a tiempo, ni que todos los esfuerzos policiales estuvieran destinados casi únicamente a resguardar a hinchas y jugadores en una final de River – Belgrano. Tampoco fue suficiente con que las imágenes de Agostina aparecieran días después de que su madre insistiera –varias veces- en que requisaran la casa de Barrelier, porque un remisero aseguraba haberla dejado en su domicilio.

Parece, entonces, que ningún esfuerzo humano (¿femenino?) será nunca suficiente para mover el avispero de señores trajeados para que dejen de medirse vayaunoasaberqué, para salir a buscar a una niña, adolescente, mujer, que haya desaparecido. Y destaco, entonces, lo que explicaba tan sólo unas líneas arriba: no hubo ningún esfuerzo en pensarla como una buena víctima. Y aún si así lo fuera, también debería cargar con la culpa de haber sido asesinada y descuartizada, porque en todo momento encuentran la forma de culpar a la desaparecida, siempre y cuando sea mujer.
Entonces, ¿qué discutimos? ¿Cómo es que es más importante dejar de nombrar la figura de femicidio como un agravante, en lugar de asistir a las víctimas y escuchar a las madres que denuncian? ¿Cómo un partido de fútbol debe concentrar mayor atención que la desaparición de una nena?
Agostina tenía 14 años. Había sido registrada ingresando a una vivienda en Juan del Campillo al 800 el sábado que desapareció. Nunca más salió. Su cuerpo fue encontrado una semana después en un descampado de Ampliación Ferreyra, a 17 kilómetros de la casa de Barrelier.
Durante 7 días el hombre tuvo tiempo para eximirse de culpas, fingir de no haberla visto y tratarla de mentirosa, desmembrarla, manejar hasta el descampado y desechar su pequeño cuerpo. Volver a su casa y dormir tranquilo.
¿Qué se hace entonces con estos victimarios? ¿Cómo los llamamos? Porque parece que la definición de «femicida» es mala palabra, pero ejecutar un femicidio y echar culpas ajenas es moneda corriente.
