Mientras los hombres eran inmortalizados en batallas y manuales escolares, muchas mujeres sostuvieron exilios, pérdidas y silencios. La historia de Ángela Baudrix rescata una memoria olvidada de la Argentina.
Esta columna continúa, de alguna manera, a la anterior. Y si no la leyó, le recomiendo hacerlo: no por obligación, sino porque algunas historias necesitan conversación entre ellas.
Mientras los hombres quedaban inmortalizados en cuadros, proclamas y manuales escolares, ellas sostenían duelos, exilios, maternidades, cartas, silencios y ruinas políticas.
¿Quiénes eran ellas?
Las mujeres que también hicieron historia, pero quedaron relegadas porque la misma suele escribirse a través de una extraña alianza: los vencedores, los hombres o ambos.
Ángela Baudrix fue la compañera de Manuel Dorrego. Se casó con él en 1815, en pleno proceso revolucionario. Por entonces, Dorrego era un joven recientemente ascendido a coronel que, debido a su oposición al Directorio —gobierno centralista con sede en Buenos Aires—, terminó desterrado en Estados Unidos.
La historiadora Lucía Gálvez relata que, en octubre de 1817, fue Ángela quien presentó un largo escrito ante el Congreso protestando porque nunca se le había informado la causa del arresto de su marido ni el motivo de su exilio.
Y quizás hoy eso pueda sonar menor. Pero no lo era. Era una mujer enfrentándose, sola, a un Congreso compuesto enteramente por hombres de poder.
Ella, sin embargo, permaneció de pie.
Con la bandera de la lucha en la mano, acompañó a Dorrego durante el destierro hasta que finalmente pudo regresar en 1820. A su vuelta, él retomó su vida política y juntos criaron a sus hijas, Isabel y Angelita. Pero, como sabemos, aquellos no eran tiempos pacíficos.
En diciembre de 1828, Ángela recibió una esquela que decía:
“Mi querida Angelita. En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; mas la Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas; sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado”.
Esa fue la última carta de Dorrego antes de ser fusilado por orden de Juan Lavalle.
Y quizás lo más brutal de las guerras civiles sea eso: mientras unos discuten proyectos de país, otros reciben cartas anunciando que en una hora van a matar al amor de su vida.
Lo que siguió después no fueron homenajes ni monumentos. Fue trabajo. Ángela sobrevivió cosiendo uniformes para el Ejército y murió muchos años más tarde, en 1873, por causas naturales.
Y si se me permite ser romántica —porque lo soy—, varios historiadores coinciden en que Ángela no solo fue valiente por exigirle explicaciones al Congreso en una época donde hacerlo siendo mujer implicaba exponerse por completo; también fue la mano derecha de Dorrego desde el exilio hasta su mejor momento político.
Quizás eso también sea el amor: acompañar hasta el final.
Porque la historia de Dorrego y su querida Ángela no habla solamente de política, guerras civiles o fusilamientos. También habla de una mujer sosteniendo la vida mientras la Historia decidía inmortalizar a los hombres.
Visibilizar el rol de las mujeres que acompañaron a caudillos, próceres y fundadores de la patria no es un detalle menor. Es devolverles nombre, voz y memoria. Es dejar de nombrarlas únicamente como “la esposa de”.
Hay algo profundamente injusto en que la patria recuerde con exactitud quién disparó el fusil, pero haya olvidado el nombre de la mujer que recibió la carta.
