La semana pasada los dejé, espero, con varias preguntas. Y ojalá quien me lea del otro lado haya podido al menos interrogarse sobre la figura polémica de Juan Manuel de Rosas.
Hace apenas unos días vivimos en nuestro país una semana muy particular: la Semana de Mayo. Nos pusimos escarapelas, comimos pastelitos y recordamos, una vez más, el nacimiento de nuestra patria. Y justamente desde ahí tengo que retomar: Para los rosistas, en un imaginario político ideal, el federalismo representaba la continuidad de la república soñada por los hombres de Mayo, aunque adaptada a las circunstancias violentas y complejas que atravesaban las Provincias Unidas.
Aclaro: para los rosistas. Porque para los unitarios, claramente, ese no era el modelo de país que debía imponerse después de la independencia de España. Y quizás, al final, toda la discusión política argentina de aquellos años pueda resumirse en una sola pregunta: ¿Quién y cómo debía gobernar las Provincias Unidas del Sur? ¿Los federales o los unitarios?
Retomemos entonces donde habíamos quedado. El primer acto de gobierno de Rosas fue la realización del funeral de Manuel Dorrego. Sus restos fueron exhumados en Navarro y trasladados al Cementerio de Recoleta. Rosas convirtió aquel entierro en un acto de reafirmación federal. El cortejo fue multitudinario y su discurso terminó convirtiéndose en una de las piezas más importantes de la oratoria política argentina, culminando con una frase que todavía resuena: “Descansa en paz entre los justos”.
Para los unitarios, aquello no fue más que oportunismo político. Para los federales, en cambio, Rosas comenzaba a levantarse como el vengador del mártir de su causa. Otra vez las dos caras de una misma moneda.
El lector entenderá que no puedo inmiscuirme en todos los aspectos de Rosas en una o dos columnas. Me llevaría meses hacerlo. Pero confíen en mi criterio como historiadora —o mejor todavía, investiguen ustedes mismos— porque después de leer bastante sobre esta figura hay una idea a la que, al menos personalmente, logro acercarme.
Rosas no deja de ser nunca un caudillo de Buenos Aires y eso no es un detalle menor. El caudillo vivía y moría por su provincia. Para quien necesite recordarlo: un caudillo es un líder político y militar que ejerce poder principalmente a partir de su autoridad personal, su capacidad de liderazgo y el apoyo directo de una región o un grupo determinado. En la historia argentina del siglo XIX, los caudillos solían surgir en las provincias, donde construían poder a través de vínculos personales, lealtades políticas y liderazgo militar. Muchas veces representaban los intereses provinciales frente al centralismo porteño.
Pero ¿qué ocurre cuando el caudillo es, justamente, de Buenos Aires? A veces eso lleva a pensar que Rosas tenía una mirada unitaria. Pero, sinceramente, creo que responde más a la lógica de un caudillo profundamente atravesado por los intereses de su propia provincia. Su primer gobierno estuvo orientado casi por completo a favorecer a la provincia porteña, y le costó muchísimo conciliar intereses económicos con el interior.
Sin embargo, en su segundo gobierno parece comprender algo fundamental: que la unidad nacional no podía construirse ignorando a las provincias. Por eso me atrevo a pensar en dos Rosas distintos: Rosas gobernador de Buenos Aires durante su primer gobierno. Rosas intentando convertirse en el jefe de una república federal durante el segundo.
Para ser más clara, le ofrezco al lector un ejemplo concreto. Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, junto a su ministro Roxas y Patrón, enfrentó duramente a Rosas durante su primer gobierno. Mientras Ferré defendía políticas proteccionistas para beneficiar las economías regionales, Rosas sostenía un sistema más favorable al libre comercio porteño. Modificar ese modelo implicaba, entre muchas otras cosas, compartir las rentas de la aduana de Buenos Aires y permitir la libre navegación de los ríos interiores. Rosas no estaba dispuesto a hacerlo.
Pero en 1835, ya durante su segundo gobierno y convertido en el “Restaurador de las Leyes”, dicta finalmente la Ley de Aduanas con medidas mucho más proteccionistas y favorables para las provincias. Quizás, años después, Rosas terminó respondiéndole a Ferré. O quizás entendió algo todavía más importante: Que ningún país puede sostenerse para siempre solamente desde Buenos Aires, y tal vez ahí esté una de las contradicciones más humanas de Rosas.
El hombre que muchos recuerdan como símbolo de autoridad y dureza parece haber entendido, aunque tarde, que incluso el orden necesita diálogo para sobrevivir. Porque al final, la verdadera grieta argentina nunca fue solamente entre unitarios y federales. Quizás siempre fue, y sea, entre quienes creen que un país se impone… y quienes insisten en construirlo.
