Después del fusilamiento de Dorrego, Argentina entró en una de sus etapas más violentas y divididas. En ese escenario apareció Juan Manuel de Rosas, una figura que aún hoy sigue partiendo aguas entre quienes lo consideran un salvador y quienes lo recuerdan como un tirano.
Durante esta semana, las repercusiones de la columna anterior, debo admitir, llamaron mi atención. Amigos y familiares me comentaron no saber siquiera quién era “Ángela Baudrix”. Eso me generó una mezcla extraña entre incomodidad y alegría: incomodidad, porque entendí que las mujeres quedaron todavía más relegadas de la historia de lo que incluso yo imaginaba. Y alegría porque, de alguna manera, cumplí mi objetivo: que al menos una de ellas volviera a tener voz.
Como siempre, recomiendo leer las columnas anteriores. Sigo sosteniendo que cada una dialoga con la otra.
Y debo ser totalmente sincera con el lector: esta columna me costó. No porque faltaran temas. Todo lo contrario. Después del fusilamiento de Dorrego, Argentina explota políticamente y se abren demasiados caminos posibles para narrar: los unitarios avanzando sobre las provincias, los caudillos federales perseguidos, Lavalle intentando sostener un poder que nunca terminó de consolidar, y San Martín alejándose definitivamente de un país que ya veía dividido.
Incluso llegó a decir que hasta que un bando no derrotara al otro, la paz sería imposible. Entonces volvió a Europa para no regresar nunca más.
Argentina sangraba.
Y entre todas esas figuras, elegí detenerme en una de las más polémicas de nuestra historia: Juan Manuel de Rosas. Caudillo para algunos, tirano para otros.
Porque si Dorrego representa una tragedia política, Rosas representa algo todavía más incómodo: el debate eterno sobre el poder, el orden y la violencia en Argentina. ¿Quién fue realmente Juan Manuel de Rosas? ¿Y por qué su figura sigue siendo tan polémica?
Me atrevo a decir, sin ser futbolera, que Rosas es un poco como Maradona: en Argentina parece difícil quedarse en el medio. O se lo ama o se lo condena. Y quizás ahí esté lo más interesante. Porque la postura que tomamos frente a él no solo habla del pasado; también dice mucho de cómo entendemos el presente.
Nos cuenta Ricardo J. de Titto en su libro “Los hechos que cambiaron la historia en el Siglo XIX» que Rosas nació en Buenos Aires —dato no menor— el 30 de marzo de 1793. Criado en una estancia familiar, llegó a participar de joven como auxiliar durante las Invasiones Inglesas.
En 1813 se casó con Encarnación Ezcurra, otra figura polémica que, sinceramente, merece una columna aparte. Junto a Juan Terrero organizó el saladero “Las Higueritas”, cerca del actual Quilmes. Cuando Lavalle destituye a Dorrego, Rosas se une al caudillo federal santafesino Estanislao López para derrotarlo en Puente de Márquez, en abril de 1829. A partir de allí es electo gobernador de Buenos Aires con poderes extraordinarios. Y salvo el breve período entre 1832 y 1835, desde 1829 hasta 1852 será, sin discusión, la figura política más importante del país.
Que Rosas asumiera su primer gobierno con “poderes extraordinarios” no fue un detalle menor. La Legislatura le otorgaba facultades excepcionales para tomar decisiones y gobernar con mayor libertad en medio de una provincia atravesada por el caos político.
Pero después de años de guerras civiles y enfrentamientos constantes, la preocupación ya no parecía ser cuánta democracia debía tener el gobierno. La prioridad era otra: volver a poner orden.
Quizás sea justamente aquí donde nacen los dos apodos que todavía hoy persiguen su figura: “el hombre que vino a ordenar el país” o “el tirano”. Porque hablar de Rosas es también hablar de las interpretaciones sobre Rosas. Por un lado, Enrique M. Barba, en su libro “Formación de la tiranía”, ve la entrega de poderes extraordinarios como un hecho monstruoso, casi como la aniquilación del sistema republicano y de la división de poderes.
Para él, Rosas tenía un plan de exterminio político y estaba decidido a llevarlo adelante. Pero, por otro lado, Carlos Ibarguren, en “Juan Manuel de Rosas: su vida, su drama, su tiempo”, sostiene que no puede juzgarse a Rosas aislándolo de su contexto histórico.
El poder extraordinario que ejerció sería consecuencia directa de la anarquía y la violencia de su tiempo. Y le pido disculpas al lector por la necesidad constante de citar historiadores. Pero hablar de Rosas sin hacerlo sería injusto.
Si solo les diera mi mirada —que probablemente ya se deja entrever entre líneas— esta columna terminaría siendo completamente sesgada. Ahora bien, después de leer ambas posturas, hay preguntas que no puedo dejar de hacerme: ¿Cómo asumo como gobernador de Buenos Aires sabiendo que al anterior lo fusilaron sin juicio previo? ¿Por qué aceptaría hacerlo? Y, sobre todo, ¿qué garantías tendría de no terminar igual que Dorrego?
